Mi primera casa

El portalón

La casa en que vivía era grande y destartalada, muy típica de pueblo. Constaba de un portalón grande, muy amplio y rectangular desde el que partían todas las habitaciones y un corral en la parte trasera.

Nada más entrar de la calle, en la pared de la izquierda había un banco muy largo de madera pintado de marrón y una mesa bastante grande donde comíamos todos. Al lado del banco, cruzando unos escalones, había una fresquera donde se guardaba todo lo que se necesitaba para poner la mesa: las botellas, los platos, los vasos.

En la pared de enfrente, debajo de la ventana que daba a la habitación de mis padres, había una cantarera con dos cántaros de agua y los botijos que mantenían el agua fresca.

Y en los huecos que quedaban había sillas. Era una decoración muy curiosa y muy graciosa.

Había una puerta que daba directamente a la cuadra de las mulas, y detrás de las mulas estaban las vacas.

También esta la puerta para entrar a la cocina, de frente a la de la calle.

Con mis hermanos Mariano, Marisol y Pili

Con mis hermanos Mariano, Marisol y Pili

Las habitaciones

A la derecha del portalón estaba el comedor, era pequeñito con dos aparadores, una mesa, unas sillas, una máquina de coser y una cama portátil que había que poner porque, cuando íbamos creciendo, ya no cabíamos. El comedor también tenía una ventana que daba a la calle.

La puerta de esa habitación era de madera pintada en verde y muy grande, en una ocasión Mariano, cuando era pequeñito, metió los dedos donde están las bisagras, se cerró la puerta y se le quedaron los dedos aplastaditos.

Dentro estaba la habitación nuestra que tenía dos camas, una turca y una cama de hierro con barrotes negros y dorados ¡ay! esa la recuerdo tristemente porque ahí, en esos hierros, cuando me dolía la cabeza, el ojo – que ya entonces, siendo chiquitita, con tres o cuatro añitos me empezaba a doler – mi madre ponía la mano y luego me la ponía en la frente para calmar el dolor.

Más dentro estaba la habitación de mis padres, con su cama, su armario, su percha, con todas las cosas que tenían. Esta era la habitación que tenía una ventana al portal.

En la habitación de enfrente había tres escalones para subir y dentro había dos habitaciones, una era para que durmiera la chica que teníamos y la otra la usábamos para acostarnos alguna de nosotras, y también para coser o guardar trastos, que entonces había muchos.

La cámara

Ah, me olvidaba de un buen detalle y es que antes de entrar en el portal había una escalera larga y empinada para subir a la cámara.

En la cámara guardábamos el grano y las cosas que solo se necesitaban de tarde en tarde.

Pues bien, un buen día tuve la feliz idea de bajar la escalera con las manos y resbalé ¡casi bajo de cabeza! me rocé las piernas y los brazos, y otros daños que no recuerdo. Mi madre, como premio a mi hazaña, me dio cuatro azotes y me tuvo todo el día castigada. Nunca lo volví a intentar.

La cocina

La cocina ¡ay, la cocina! la cocina estaba muy bien, era muy bonita, el piso era de tierra. Teníamos de frente, nada más entrar, la puerta para salir al corral, y a su lado el fregadero.

El fregadero era grande, de cemento y sobre él había una ventana grande que daba al patio. En el fregadero poníamos los barreños para fregar, uno con el agua caliente y el otro con el agua fría para aclarar los cacharros. En el centro se colocaba una tabla de madera en la que se apoyaban las cosas para restregarlas bien y que no se rompieran.

Se fregaba con jabón, no había otra cosa. Ese jabón lo hacíamos nosotros mismos con sosa y con las grasas sucias de hacer los guisos. Y a veces, para lustrar un poco más, también se hacía con tierra blanca que teníamos que ir a recoger al prado porque esa tierra era muy suave y limpiaba muy bien. Hacía las veces del Vim, que entonces no existía.

El desagüe del fregadero iba directamente al corral por un agujero, y de ahí a una gatera – que así se llamaba a la calle – donde se perdía.

En la pared de la izquierda estaba la lumbre que se hacía con paja. Esa paja se quemaba poco a poco y duraba todo el día.

Ahí, arrimadito, se ponía, en un puchero de barro, el cocido que se hacía lentamente, a lo largo de toda la mañana. Nada tenía que ver con los cocidos que hacemos ahora en la olla express, aquel, con menos cosas, estaba muchísimo más rico. En aquellos años no lo apreciamos porque, a fuerza de comerlo todos los días, estamos bastante cansados de él pero, era tan poco lo que había para comer que, no se podía cambiar de menú. Los domingos pedíamos que nos hicieran una comida buena y, casi siempre, nos ponían patatas con bacalao.

¡Todo nos sabía a gloria! aunque a veces, cuando se soplaba con el fuelle las cenizas caían en el cocido y protestábamos porque veíamos las cenizas en la sopa y eso no nos gustaba, les decíamos “mira lo que tiene, mira lo que tiene ¡tiene cisco!” mis padres no nos hacían ningún caso y siempre nos decían que “San Francisco lo comió con cisco y era santo”.

Francisca Merino, mi madre

Francisca Merino, mi madre

Casi siempre se cocinaba con la paja pero, a veces, cuando lo que se iba a cocinar requería más fuerza, la paja era poca cosa y teníamos que colocar leña sobre un poco del rescoldo para que prendiera. Ahí encima se ponían unas trébedes, y sobre las trébedes la sartén para freír.

A los lados de la chimenea había sendos bancos para que nos pudiéramos sentar alrededor de la lumbre, la chimenea era tan amplia que permitía eso, recuerdo que a veces, los días de lluvia, te llegaba a caer el agua encima.

En la parte izquierda de la cocina había una puerta que daba acceso a la despensa. La despensa era muy curiosa, había arcones, armarios, vasares… y en el techo, colgando, unos garabatos, que así llamábamos a aquellos artilugios de hierro con 4 puntas muy finas que servían para colgar los pollos que se mataban, los conejos, el jamón, los chorizos, o lo que hubiera, porque no había fresquera ni nevera ni nada parecido y ahí, en la despensa, se guardaba todo.

El corral

Lo más divertido de la casa era el corral, muy amplio y con muchas cosas.

Al fondo estaba el tenado, al que llamábamos el pajarón, y en él se guardaban los aperos de labranza, los carros y la maquinaria para las labores del campo.

También se guardaba ahí la paja para el ganado y para la lumbre de la cocina, que era el único sistema que había para cocinar y calentar la casa.

En el corral también había un pozo y su correspondiente pila para que los animales bebieran agua.

Y estaba el basurero para depositar el estiércol. Ese estiércol servía después para fertilizar las tierras y poder tener mejor cosecha.

Había una cuadra para las vacas, los mulos, un burro y un caballo. La corte para los cerdos, que siempre había dos o tres y las jaulas para los conejos.

Además había un gallinero, con sus palos en forma de escalera para que las gallinas se colocaron en ellos. Nos encantaba ir a buscar los huevos, casi siempre los ponían en los mismos sitios, pero a veces no lo hacían y mi madre, en cuanto notaba que ponían menos, sospechaba que tenían algún nidal escondido en el pajar o en la leñera, y allí íbamos a buscarlo con gran alborozo. Cuando lo encontrábamos nos daba mucha alegría al ver tantos huevos, pero otras veces no era así, sino que cuando nos queríamos dar cuenta ¡aparecía la gallina con sus polluelos! ¡ay! eran una monada recién nacidos, tan amarillitos y tan suaves.

Como quiera que a éstos se les alimentaba con pan mojado en agua y vino, en una ocasión hicimos una trastada. Pusimos más vino del que se debía y los pobres cogieron una borrachera importante, acabaron todos dando vueltas por el suelo sin poder ponerse de pie, con el consiguiente enfado por parte de mi madre. Algo vale que los pollos, poco a poco, se fueron normalizando y no murió ninguno.

La carnicería

Mariano García, mi padre

Mariano García, mi padre

Mi madre decía que con las cosas de la labor – la labor era todo lo de la agricultura, lo del trigo, la cebada y esas cosas – que con eso no se podía vivir, así que había que emprender algo nuevo, y entonces decidieron abrir una carnicería. Una carnicería en la que también vendían leche.

Pusieron el mostrador de la carnicería en el portalón. Y durante muchos años después de cerrar la carnicería conservamos aquella piedra de mármol blanco del mostrador.

La carnicería tenía su aquel porque mi padre lo hacía muy mal y mi madre le regañaba porque al cortar los corderos por la mitad se torcía y ella siempre tenía que estar ahí “Ay Mariano, pero qué chapucero eres, qué chapucero eres”. Tan era así que las mujeres decían “no Paca,  despáchame tú, que tienes más paciencia” y mi padre se cogía unos enfados que para qué porque mi madre, claro, tenía que hacer otras cosas pero tenía que andar saliendo a despachar.

No sé durante cuántos años tuvieron la carnicería, pero cuando cambiamos a la casa nueva ya no siguieron con ello.