La escuela
La bandera
A los 6 años se empezaba a ir a la escuela. Me llevaron a la del pueblo, que era la única que había. Íbamos de lunes a sábado, sábado incluido.
Todos los días antes de empezar las clases se colocaba la bandera en el balcón y desde la carretera la saludábamos con el brazo en alto diciendo “¡Viva España!”. Luego entrábamos a clase, rezábamos un padrenuestro y ofrecíamos el trabajo del día.
Después, al finalizar la clase, volvíamos a la carretera y cantábamos el himno nacional a la bandera que en ese momento tenía letra y más adelante se le quitó.
Arriba España
alza los brazos hijo
del pueblo español,
que vuelve a resurgir.
Juntos con ellos
cantemos en pie
la vida nueva fuerte
del trabajo y paz.
Triunfa España,
los yunques y las ruedas
canten al compás
un himno de fe.
Juntos con ellos
cantemos en pie
la vida nueva fuerte
del trabajo y paz.
Don Felipe Musí
Iba yo tan guapa con mi baby blanco impecable, muy repeinada, con dos coletas y dos lazos grandes, un flequillo muy bien hecho, cortado a media frente tipo Cleopatra me quedaba perfecto… todo muy bien pero ¡oh, Dios mío, qué susto! nada más llegar a la clase fue tal la impresión que me causaron los ojos del maestro que me puse a llorar como una loca y no me soltaba de los brazos de mi madre.
Don Felipe Musí, que así se llamaba el maestro, era pequeño, regordete y bastante feo, los ojos ¡ay, los ojos! grandes, saltones, parecía que estuvieran fuera de sus órbitas, todavía lo recuerdo como si fuese hoy.
Cómo profesor era malísimo, no aprendíamos nada con él.
La tabla de multiplicar la hacíamos cantando alrededor de la escuela, dando vueltas y las lecciones nos las tomaba en su mesa.
Como nos equivocábamos mucho y nos daba la risa él nos castigaba continuamente, nos ponía de rodillas frente a la pared con los brazos en cruz y dos libros en cada brazo, y así hasta que nos caían unos lagrimones que para qué, entonces nos tenía que levantar. Fueron unos años muy malos, con un maestro muy malo.
La enciclopedia
De pequeños teníamos las cuartillas, unos libros simples donde nada más hacíamos números y letras.
Luego, de más mayores, solamente teníamos una enciclopedia, ese era el único libro que teníamos y en él estaban todas las asignaturas: Matemáticas, Gramática, Geometría, Geografía, Historia de España, Historia sagrada y Religión, bueno para Religión teníamos además el catecismo.
Tengo que reconocer que no fui muy buena estudiante, lo que más me gustaba era Gramática, Geometría y la Historia Sagrada, pero los maestros no nos explicaban nada.
Tere y la costura
Eran mucho mejor las clases de los sábados dónde Doña Mercedes, la mujer del maestro, nos daba clases de costura. Allí aprendimos muchas cosas.
Nuestra compañera Tere, que era un poco simplona, cuando enhebraba la aguja siempre le decía a la maestra: “tire, tire del hilo, Doña Mercedes».
Maruchi y el recreo
Los recreos eran en el patio, pocas veces salíamos fuera pero un día que nos sacó afuera nos fuimos a jugar donde las zanjas que estaban haciendo para las casas nuevas, las casas donde tiempo después iríamos a vivir la familia. Y allí nos entretuvimos y tardamos mucho en volver, tardamos tanto que él se enfadó muchísimo y nos castigó a todos. Nos hizo escribir un dictado diciendo que estábamos castigados sin comer todo el día, y que no nos dejaban salir a comer porque habíamos estado perdiendo el tiempo «cagando» en las zanjas.
Maruchi, la hermana de Eusebio, que entonces era de las mayores del colegio se enfadó mucho con él y le dijo “yo no voy a escribir eso”, “y porqué no va a escribir usted eso si yo se lo mando” – le preguntó él muy enfadado, “yo eso no lo escribo porque es una guarrería”.
Entonces él, ni corto ni perezoso, le dijo “fuera del colegio, para ti ha terminado la escuela” y Maruchi se fue y ya no volvió nunca más.
Los maestros Don Manuel y Doña Manolita

El colegio con el maestro Don Manuel
Después vino otro maestro que se llamaba Don Manuel y tenía 4 hijos. Éste parecía un poquito mejor, pero tampoco aprendíamos nada.
En ese tiempo, en Valdeolmos tenían más suerte y mi madre habló con la profesora de allí, Doña Manolita, para que yo pudiera asistir a sus clases.
Jacin, que iba todos los días a clase a Valdeolmos me llevaba con ella ¡todos los días recorría andando los 2 km de ida y lo dos de vuelta para aprender algo! y algo aprendí… pero muy poca cosa también.
Cuando Pili cumplió los 6 añitos ya me acompañaba a la escuela, yo la llevaba de la manita y tenía que estar pendiente de ella para que no le pasara nada.
Más tarde también nos dió clase el padre de Don Felipe, el sacerdote que iba al pueblo, y luego también nos dio clases Don Manuel, otro sacerdote, gracias a ellos dos y a Doña Manolita, la de Valdeolmos, aprendimos algo, porque si no nos habríamos quedado zotes. Con ellos aprendí lo poco que sé ¡eran otros tiempos!